El Cajero Automatico
En lo que se puede llamar una pequeña e insulsa rutina cotidiana, nos damos cuenta de lo inútil de la raza humana. El cajero Automático se convierte pues en el medidor intelectual de las personas. Parados ahí, esperando tranquilamente los cinco o diez minutos que cada uno toma para realizar una operación de 30 segundos, esperando las instrucciones del cielo para descifrar los códigos de tan “avanzado” sistema dispensador del producto de su sudor diario. Se convierte el cajero en una pantomima barata de la sociedad, en la fila se encuentra el zoológico humano, compuesto por la mas grande variedad de especies reunidas en una sola posta, el campesino que por primera vez le dan una tarjeta electrónica, el pseudo-intelectual mantenido por mamá y papá retirando su mesada, el viejo acabado y decrepito que va a retirar un porcentaje de su fétida pensión, producto de 40 años de trabajo en una corroída empresa y que no le alcanza ni para dos bolsas de leche. La prostituta universitaria, que escoge un cajero lejano y escondido para retirar las ganancias de sus revolcones tristes con viejos de 50 años llenos de Viagra, el pobre trabajador honesto que tiene que hacer que el sueldo mínimo le alcance para mantener sus tres o cuatro hijos, y el pícaro que se ufana de su ignorancia por que cree que es “alguien” por su dinero, esto entre tantas y tantas sub-especies de humanos que se conjugan en el ritual del cajero automático. Tanto tiempo perdido, minutos valiosos gastados por gente que no conocemos parada enfrente de la pantalla preguntándose como funciona. Minutos que se vuelven horas, horas que se suman en días, la humanidad estupida ha perdido la mitad de su vida en operaciones que deberían haber durado veinte segundos.
Felipe Szarruk
